jueves, 12 de noviembre de 2009


Existe una abertura misteriosa
entre tus labios.
Se asoma una penumbra
y miles de mariposas
vuelan cerca de tus ojos...



Eugenia Ladra.

martes, 27 de octubre de 2009


Se deben haber dormido con una sonrisa torcida en la cara; o quizás deben estar brindando con copas de cristal el saber que el pueblo uruguayo los extraña y hasta parece que les da lugar para una segunda visita. Porque acá somos todos solidarios, y además tenemos mala memoria, pero no hay que preocuparse, es un síndrome general. En realidad, ¡no hay país como Uruguay!

Y así estamos, con la justicia a nuestros pies, pero como buenos orientales le agradecemos y la despedimos, sus servicios no son solicitados.

Mientras escribo enojada, familias desarmadas planean irse del país que no supo entender, del país que se queda en el discurso y olvida los hechos, del único país que le dice sí a la mentira y no a los derechos.

02:30 del 26 de octubre de 2009.

Eugenia Ladra.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Dialéctica barata..


Envolvés con tu palabrerío, y todos quedan satisfechos.

Tenes tu razón, pero no la mía.

Respetá los límites; no cruces a mi vereda si yo no invado la tuya.

Puedo escuchar tu libertad, pero no la puedo entender.

Tengo mis ideas. Vos un título. Aunque no lo creas tenemos el mismo valor.

No te equivoques, las arrugas no son sinónimo de sabiduría.


Eugenia Ladra.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

martes, 8 de septiembre de 2009


DÍA 1
Despierto. Intento moverme, no puedo. Estoy acostada sobre un piso frío y me duele la espalda. Quiero saber que me impide el movimiento, no puedo. Solo veo un cielo gris y buitres que esperan ansiosos su fresco alimento.

DÍA 2
Despierto. Un dolor punza mi cabeza. No puedo pensar, ni siquiera llorar. Me lastima.

DÍA 3
Despierto. El dolor se agravó. Los buitres vuelan cada vez más cerca. El cielo se oscurece levemente y comienza a hacer frío. Veo una hormiga solitaria detenerse a mi lado.

DÍA 4
Despierto. Veo un charco espeso a mi alrededor de mi propia sangre. Siento un agujero en mi cabeza; siento el frío y también el miedo.

DÍA 5
Despierto. Siento hambre, tengo la vista nublada y los pensamientos confusos. Veo más hormigas. Son rojas y se pierden entre mi sangre. Algunas se ahogan en ella. Pobrecitas, tan pequeñas.

DÍA 6
Despierto. Siento hormigas caminando sobre mi cabeza dolorida. Muchas hormigas. El frío penetra en mi cuerpo y me estremece.

DÍA 7
Despierto. Una hormiga camina a mi lado sosteniendo una pequeña masa. No sé que es; sólo veo que es gris. Gris intenso.

DÍA 8
Despierto. Más hormigas siguen el mismo camino de la primera, con trozos similares de la misma masa. Tengo náuseas. Desprendo un líquido amarillo de mi boca que se mezcla con la sangre coagulada.

DÍA 9
Despierto. Segundo a segundo siento puntadas que atraviesan mi frágil cráneo.

DÍA 10
Despierto. Las hormigas crecieron. Están gordas. Se nutren de la masa gris.

DÍA 11
Despierto. Las hormigas toman trozos cada vez más grandes de la masa gris. Mis sentidos mueren. Ya no veo; no distingo del rojo de las hormigas y del negro del cielo. No oigo; el silencio es tenso y malicioso. Mi boca sedienta tiene gusto a seco. El olor a nada me inunda. Solo el tacto funciona. Deslizo mis dedos por el piso áspero del lugar que no conozco y viví desde siempre.

DÍA 12
Despierto. Las hormigas terminaron la masa gris porque están buscando más alimento. Pobrecitas, tan pequeñas.

DÍA 13
No despierto.

Eugenia Ladra.

jueves, 6 de agosto de 2009

Mi Emily..


Hace ya algún tiempo que no se ha levantado. Está inmóvil y con la misma ropa desde entonces: traje negro, camisa, corbata, medias desteñidas y algo rotas por sus uñas descuidadas.
Cuesta acercársele sin expresar muecas de asco. Su pelo está pegajoso y grasoso; se pueden ver pequeños insectos asomándose por su traje o por debajo de su cuerpo. Su piel está fría y áspera, como una piedra.
Está tieso.
Se abre la puerta; rechina. El ruido muere en el silencio de la noche. La casa está oscura, al igual que sus ojos.
Se acerca lentamente, con pasos suaves, como si no lo quisiera despertar. Destiende un poco la cama.
Él, quieto.
Ella se queda pensativa, admirándolo. Está hambrienta de su sexo, de su sabor a seco, de su olor repugnante. Lo mira, se acerca; lo vuelve a mirar deseando mezclar sus dedos con el cabello de aquel hombre. Un hilo de saliva se desliza lentamente por el aire hasta la sábana amarillenta. Se limpia con su lengua y siente su propio aliento de mosca.
Cierra los ojos. Le comienza a abrir la camisa más apresurada, más torpe. Sus manos se pierden entre su amplio pecho una vez más, cumpliendo los pasos de la ceremonia rutinaria. Sus uñas se clavan ferozmente en el cuello del hombre.
Gime.
Lo besa en la frente por última vez y camina tranquila hacia la puerta; dejando al muerto descansando en paz.


Eugenia Ladra.

viernes, 8 de mayo de 2009


Robin Hood, ¿era comunista?

jueves, 7 de mayo de 2009

tura, tura, tura..


(...) Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros, Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete. (...)

Julio Cortázar.

jueves, 23 de abril de 2009

Sopa de letras


¿Qué haría Girondo si tuviera a La Maga a su lado? ¿La tiraría al vacío? ...no lo creo. Pero ella se iría hipnotizada detrás de la misma mariposa que después de un aleteo, desató un huracán al otro lado del mundo; donde estaba la mujer-coraza sangrando de amor por Benedetti, que no sabía de donde venía y hacia donde iba. Ahí fue donde apareció Walking Around un hombre misterioso que se hacía llamar Pepe, y me dijo a los ojos: “cultivate el balero”. Y pensar que mi cabeza se perdió rodando en las calles con Isabel Allende persiguiéndola muerta de terror porque la gallina degollada de Quiroga me estaba picoteando los sesos.

Eugenia Ladra

lunes, 20 de abril de 2009


No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo de estar conmigo!


Girondo.

Nada más hipócrita que la eliminación de la hipocresía.

Nietzsche

sábado, 18 de abril de 2009

A L G O T A N F I N O C O M O E L F I L O D E T U S I L E N C I O


Vuelvo a mentir con gracia, me inclino respetuoso ante el espejo que refleja mi cuello y mi corbata. Creo que soy ese señor que sale todos los días a las nueve.

Julio Cortázar
Ojos centrados, cíclopes. A sólo una palabra del desborde. Enamorados por sus figuras. Bocas de incendio. Sus vidas en sus manos. El deber en su mente. Adiós. Desborde. Impotencia.

Eugenia Ladra

viernes, 17 de abril de 2009

Capitulo 7 de Rayuela..



Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.


Julio Cortázar.

No todo es lo que parece..



Vida eterna..



Se acercaba diariamente a la ventana de su humilde y gris apartamento para verla pasar. Odiaba los árboles de la vereda que se interponían en su cautelosa mirada. Todos los días, a las ocho en punto de la mañana, una mujer esbelta, de unos treinta años aproximadamente, y con la sonrisa más perfecta que se pueda imaginar, entraba al comercio que quedaba en una esquina muy tranquila. Unos minutos mas tarde salía con una bolsa llena de alimentos, dirigiéndose nuevamente hacia su casa.
Todos los días la misma rutina, y de esta forma, sin tener contacto alguno con la bella mujer, Benicio termino completamente enamorado, obsesionado de esa figura que ni su nombre conocía. Solo sus movimientos, como sonreía, como acomodaba su cabello, como caminaba, como simplemente actuaba cuando se sentía observada. Aunque había algo mas allá en la belleza de la mujer, mas allá del momento, mas allá de su silueta. Este regalo de la vida tenía un aura de misterio. No compartían el mismo tiempo y espacio. Observarla, implicaba un viaje al pasado, eso lo atraía y desconcertaba.
Muchas veces, Benicio en la desesperación por conocer algo mas de su vida, dejaba volar la imaginación y sentía que todo era un sueño, que él la conocía como nadie, que la tenía entre sus brazos en cualquier momento y lugar; que le pertenecía.
Su mente la alejaba de todo, del ruidoso trafico, de los tormentosos edificios y de las personas que iban por la calle como sin rumbo. Día tras día su obsesión por aquella mujer iba aumentando notablemente.
Abrió sus ojos recién despiertos, miró de reojo su reloj y saltó apresuradamente de su cama. Iba a llegar tarde a trabajar. En quince minutos estaba bajando por las escaleras de su apartamento y se percató que llovía como nunca, al mismo tiempo buscaba con la vista algún oportuno taxi.
Extendió su mano izquierda en señal de detener el amarillo vehículo. Pero alguien se le había adelantado. Alguien por el cual no solo cedería un taxi, sino la vida. Su belleza a pocos centímetros era mágica, impactante, a veces hasta miedo exprimía.
-Me dirijo al centro, no me importaría compartirlo con este temporal-dijo la extraña pero admirable mujer con una voz segura.
-Claro-contesto Benicio con simpleza.
Los días siguientes fueron como torbellinos de sensaciones. Sus encuentros eran cada vez mas seguidos e intensos. Benicio descubrió una mujer con una excelente facilidad para contarle anécdotas pasadas e historias lejanas. Una mujer que hacía el amor como nadie, haciéndolo sentir virgen en cada encuentro.
Luego de la cena, la música incentivaba un descanso. Benicio la observo dormitando, la cubrió con una manta, miró a su alrededor y un sobre desgastado en el escritorio llamo su atención. Sigilosamente fue a buscarlo. El papel se deshacía en sus manos.
“Se le otorgan veinte esclavos a las tierras de río Guadiana. 13/02/1513”. Y a continuación, confirmando el negocio, la firma de la mujer.
Lo que más impactó a Benicio no fue el poderío de su amante sino la fecha del documento. 484 años; era algo completamente imposible. Mientras trataba de buscar una respuesta lógica para sus miles de interrogantes, la mujer abría sus ojos lentamente. Se acercó con pasos suaves hacia él y le susurro con paciencia -¿Qué haces?.
Queriendo descartar todo tipo de dudas Benicio decide preguntar si ese papel que sostenía entre sus manos pertenecía a algún antepasado. La mujer sonrió y sabiendo que ya había sido descubierta, le contó con mucha brevedad su larga vida, ya que muchas historias que habían servido de entretenimiento para Benicio, eran historias de sí misma.
Su edad exacta era de 519 años, no muchos mas de los hombres que habían pasado por su vida. Gracias a una pócima que tomaba día por medio, se mantendría joven y fresca por el resto de los tiempos. Benicio estaba estupefacto, aunque todavía no había recibido la peor de las noticias.
-Tu curiosidad te ha sentenciado, nadie en este mundo de idiotas, puede saber que existe una pócima para la juventud eterna porque la tierra seria un desastre. No puedo arriesgarme a que se te escape una sola palabra aunque te traten de loco. Debo matarte. Tendrás que seguir la suerte de otros curiosos.
Los truenos que comenzaban en ese instante, opacaron las súplicas de otra víctima.

Eugenia Ladra



Posmodernidad



La posmodernidad, la era actual, nuestro presente real. La época del materialismo, del consumismo, de la inmediatez, de la información, de la comunicación. Se dejan de lado los ideales, las causas, los objetivos personales, para llegar a ser el contenido perfecto para el molde universal. Nos convertimos en los voceros de los medios de comunicación, aceptando como propias sus opiniones. Somos marionetas manejadas por el dinero y el poder, y ellos nos inculcan desde nuestra llegada al mundo las reglas de juego: para triunfar y destacarse es necesario corresponder con el modelo de belleza, poseer un gran poder adquisitivo y por sobre todo, no tener tabúes ni temores de engañar al otro para conseguir lo que buscamos en el momento que lo queramos.
Vivimos la era del vacío, se busca y se premia únicamente a lo estético y superficial. Se dejan de lado los ideales y debates. Las palabras se vuelven superfluas y la moral insignificante. El mundo material es lo único que adquiere valor, aunque no hay que olvidar que es un mundo desechable. Todo se renueva, siempre se encuentra algo más eficaz y novedoso.
Caen los modelos, en nuestro presente las personas ya no leen, ya no escriben, ya no se interesan por las demás opiniones. Nadie tiene un ídolo, nadie lucha por una causa, los niños no conocen a Don Quijote. Todo se encuentra en su justa medida, con nadie que proteste. Nadie se revela, nadie sigue a nadie, cada uno por su camino, solo.
Ahora no se admira, solo existen personajes pasajeros con fecha de caducidad muy próxima, para luego ser olvidados y desplazados por futuras personalidades innovadoras, en un eterno ciclo.
Nos encontramos con el relativismo ético en su máxima expresión, aquí todo vale, la ética y la moral son sólo posturas olvidadas, existe un libertinaje moral donde todo se puede realizar, donde nada está prohibido. Ausencia de reglas, de normas, de valores, de respeto por el otro, por sí mismo. Ni la conciencia nos juzga.
Éxtasis de la comunicación, la humanidad conectada. De Cuba a Suecia; de Uruguay a Francia; del Congo a Panamá, en menos de un segundo. Nada es privado, todo se sabe al instante, todos estamos conectados en esta babel de la información.


Eugenia Ladra

jueves, 16 de abril de 2009



Walking Around

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines,
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro.
Navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería belloir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejosque debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloranlentas lágrimas sucias.

Pablo Neruda