Se acercaba diariamente a la ventana de su humilde y gris apartamento para verla pasar. Odiaba los árboles de la vereda que se interponían en su cautelosa mirada. Todos los días, a las ocho en punto de la mañana, una mujer esbelta, de unos treinta años aproximadamente, y con la sonrisa más perfecta que se pueda imaginar, entraba al comercio que quedaba en una esquina muy tranquila. Unos minutos mas tarde salía con una bolsa llena de alimentos, dirigiéndose nuevamente hacia su casa.
Todos los días la misma rutina, y de esta forma, sin tener contacto alguno con la bella mujer, Benicio termino completamente enamorado, obsesionado de esa figura que ni su nombre conocía. Solo sus movimientos, como sonreía, como acomodaba su cabello, como caminaba, como simplemente actuaba cuando se sentía observada. Aunque había algo mas allá en la belleza de la mujer, mas allá del momento, mas allá de su silueta. Este regalo de la vida tenía un aura de misterio. No compartían el mismo tiempo y espacio. Observarla, implicaba un viaje al pasado, eso lo atraía y desconcertaba.
Muchas veces, Benicio en la desesperación por conocer algo mas de su vida, dejaba volar la imaginación y sentía que todo era un sueño, que él la conocía como nadie, que la tenía entre sus brazos en cualquier momento y lugar; que le pertenecía.
Su mente la alejaba de todo, del ruidoso trafico, de los tormentosos edificios y de las personas que iban por la calle como sin rumbo. Día tras día su obsesión por aquella mujer iba aumentando notablemente.
Abrió sus ojos recién despiertos, miró de reojo su reloj y saltó apresuradamente de su cama. Iba a llegar tarde a trabajar. En quince minutos estaba bajando por las escaleras de su apartamento y se percató que llovía como nunca, al mismo tiempo buscaba con la vista algún oportuno taxi.
Extendió su mano izquierda en señal de detener el amarillo vehículo. Pero alguien se le había adelantado. Alguien por el cual no solo cedería un taxi, sino la vida. Su belleza a pocos centímetros era mágica, impactante, a veces hasta miedo exprimía.
-Me dirijo al centro, no me importaría compartirlo con este temporal-dijo la extraña pero admirable mujer con una voz segura.
-Claro-contesto Benicio con simpleza.
Los días siguientes fueron como torbellinos de sensaciones. Sus encuentros eran cada vez mas seguidos e intensos. Benicio descubrió una mujer con una excelente facilidad para contarle anécdotas pasadas e historias lejanas. Una mujer que hacía el amor como nadie, haciéndolo sentir virgen en cada encuentro.
Luego de la cena, la música incentivaba un descanso. Benicio la observo dormitando, la cubrió con una manta, miró a su alrededor y un sobre desgastado en el escritorio llamo su atención. Sigilosamente fue a buscarlo. El papel se deshacía en sus manos.
“Se le otorgan veinte esclavos a las tierras de río Guadiana. 13/02/1513”. Y a continuación, confirmando el negocio, la firma de la mujer.
Lo que más impactó a Benicio no fue el poderío de su amante sino la fecha del documento. 484 años; era algo completamente imposible. Mientras trataba de buscar una respuesta lógica para sus miles de interrogantes, la mujer abría sus ojos lentamente. Se acercó con pasos suaves hacia él y le susurro con paciencia -¿Qué haces?.
Queriendo descartar todo tipo de dudas Benicio decide preguntar si ese papel que sostenía entre sus manos pertenecía a algún antepasado. La mujer sonrió y sabiendo que ya había sido descubierta, le contó con mucha brevedad su larga vida, ya que muchas historias que habían servido de entretenimiento para Benicio, eran historias de sí misma.
Su edad exacta era de 519 años, no muchos mas de los hombres que habían pasado por su vida. Gracias a una pócima que tomaba día por medio, se mantendría joven y fresca por el resto de los tiempos. Benicio estaba estupefacto, aunque todavía no había recibido la peor de las noticias.
-Tu curiosidad te ha sentenciado, nadie en este mundo de idiotas, puede saber que existe una pócima para la juventud eterna porque la tierra seria un desastre. No puedo arriesgarme a que se te escape una sola palabra aunque te traten de loco. Debo matarte. Tendrás que seguir la suerte de otros curiosos.
Los truenos que comenzaban en ese instante, opacaron las súplicas de otra víctima.
Eugenia Ladra
No hay comentarios:
Publicar un comentario