lunes, 21 de mayo de 2012

El ladrón


Se paró frente al espejo, quedó inmóvil frente a su imagen mientras se examinaba el rostro con precisión. – Tengo las cejas horribles –pensó-. Abrió el botiquín. Miro todo con detenimiento. La pasta de dientes mal cerrada y seca, la máquina de afeitar, los cotonetes, un par de frascos de antidepresivos pertenecientes a su mujer, un peine con pelos atascados y un bolso con los productos de maquillaje de Susana, su esposa desde hace 12 años. 
Tomó el bolso y lo abrió suavemente, casi logrando que el cierre no haga ningún ruido. Sentía que a pesar de estar solo en su casa, no podía hacerse escuchar. Eligió, entre los tres diferentes colores de lápiz labial, un rosa viejo. Lo sostuvo con delicadeza y lo ubicó frente a su nariz, entremedio de sus ojos. Poco a poco fue apareciendo el lápiz, mientras giraba sobre sí mismo. Sin pensarlo, empezó a rozarlo contra sus labios hasta que quedaron cubiertos de pintura. Luego siguió por los ojos. Siempre odió delinearse, pero el resultado era tan magnifico que no lo podía dejar de hacer. 
Cuando terminó por completo con su cara, se dirigió al ropero y abrió la puerta que correspondía a la sección de su mujer. Eligió el mismo vestido de siempre, y unos tacos: los que Susana reservaba para ocasiones especiales. Cuando terminó se miró al espejo satisfecho. Anduvo un rato por la casa, caminando de aquí para allá, haciendo sonar los tacos apropósito. Se sentó en el living a mirar televisión: un partido de fútbol del que al cabo de unos minutos lo aburrió. Se paró y fue hasta el baño. Cuando terminó de escuchar el sonido de la cisterna sintió unos pasos. Quedó inmóvil frente al water. No sabía qué hacer. Pensaba que podían ser sus dos hijos, pero no estaban en la cuidad: imposible que fueran ellos. ¡Su mujer! Su mujer tampoco; habría avisado que volvería del spa donde iba a pasar todo el día. – ¿Quién podría ser? –. Oía más pasos. Se quitó los zapatos y los dejó sobre la alfombra del baño; se aproximó a la puerta, y escuchó que alguien abría el ropero. Las manos le temblaban y tenía las muelas apretadas. Con sigilo oprimió su mano contra el picaporte, y lo dio vuelta lentamente. Por la rendija vio a un hombre, de unos 30 años, buscar algo en los cajones de su mesa de luz. Pensó en que podía estar armado o demente y el estomago se le cerró de inmediato. Intentó pensar que hacer pero la adrenalina lo consumía. 
Estaban robando su casa y el estaba encerrado en el baño; no podía ser tan cobarde. Suspiró profundamente y, sin pensarlo un segundo más tomó con su mano firme el secador de su mujer. Abrió por completo la puerta del baño, caminó con cautela y con su espalda pegada a la pared. Cuando llegó a la puerta del dormitorio vio que el ladrón aún no se había percatado de su presencia. 
Calculó que tenía que dar cuatro zancadas para alcanzarlo y golpearlo con el secador en la cabeza. Dio la primera zancada, la segunda, y en ese instante vio como el ladrón se volteó e instintivamente se agachó para no ser atacado. Se frenó al ver que su plan había fracasado, el miedo se apoderó de todo su cuerpo y quedó inmóvil sujetando el secador, al que le colgaba un cable al costado de su pierna. El ladrón lo quedó mirando, de arriba abajo, lentamente, sin emitir palabra alguna. Se cruzaron sus miradas y el ladrón comenzaba a abrir la boca para decir algo, pero luego la cerró. Lo miró nuevamente y le dijo: – Suelte el secador –. El otro lo dejó caer al piso. Hizo un ruido que le atravesó el cerebro. 
¿Y vos por qué estás así? – dijo señalándolo con la cabeza. 
¿Así cómo?
Así… así, vestido de mina. 
Se miró a si mismo sorprendido, había olvidado completamente que llevaba puesto el vestido de su mujer, y tenía el rostro maquillado. Por primera vez en su vida alguien lo veía de esa forma. El no había elegido ni el lugar ni el momento y, como si con eso no alcanzara, la persona que lo veía era un ladón que pretendía desvalijarle la casa. 
Estoy así porque… porque yo no elegí ser hombre. 




Eugenia Ladra

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