viernes, 28 de octubre de 2011

Se despertó y se sintió mareada. Buscó un hilo de luz que nunca encontró, y se ahogó en su propia respiración que se agitaba más con cada segundo. Estiró su mano a su alrededor y no encontró nada, sólo un piso húmedo y un trapo sobre el que había estado acostada. No sabía cuánto tiempo había estado allí, ni como había llegado. Se levantó y a ciegas comenzó a avanzar lentamente. Sus pasos hacían un ruido que se repetía infinitamente en ecos alejados. Pensó que estaba en el medio de la nada. La humedad le mojaba la ropa. Estaba descalza. Comenzó a toser. Caminaba más rápido, sin esperar encontrarse con nada. Sosteniéndose por una pared, se volvió parte de ella y avanzó sin encontrar un final.

La habitación nunca terminaba. No había salida. Empezó a escuchar un sonido muy intenso, que parecía provenir de todas partes. Iba aumentando su volumen, y cada vez se volvía más agudo. Se comenzó a desesperar; corría, resbalándose y cayéndose. Quería escapar.

Agotada, se sentó sobre el piso, apoyando la espalda en la pared fría y abrazando sus piernas. Se quedó allí, temblando, probablemente por horas.

Intentó recordar cómo había llegado allí, cuales habían sido sus últimas palabras, pero todo se había borrado, sólo existía el presente vacío y oscuro. Se preguntó porqué estaba allí, qué era ese lugar. Nadie le supo contestar. Levantó la mirada, y aunque seguía sin ver nada, se puso en pie. Su cuerpo se aflojó y se orinó sobre su ropa. Comenzó a llorar. Gritó. Se arañó.

El sonido agudo era cada vez peor, no lo soportaba. Tapaba sus oídos con sus manos, pero no bastaba. Parecía que el ruido salía de sí misma. La invadieron náuseas, e hizo arcadas que sacudieron todo su cuerpo. Sumida en la oscuridad, se acostó boca arriba, e inmóvil, cerró sus ojos. El ruido cesó. Ella se durmió. Soñó que entraba luz en la habitación. Soñó que despertaba. Y despertó, y se sintió mareada.

Eugenia Ladra

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