miércoles, 24 de marzo de 2010

El día en que nací no podía dormir. No me había requerido ningún esfuerzo salir del vientre de mi madre, a pesar de lo cómoda que allí me sentía. Sin embargo, el jueves trece de febrero de 1992 decidí que ya era tiempo de madurar y enfrentarme al mundo. Asi que a las 11.10 horas de la mañana del jueves empecé a ser Eugenia.

Estaba en mi mejor momento, nada menos que estrenando mi vida, cuando siento que mi madre comienza a acariciarme la nariz y a hamacarme para que me duerma. ¿Dormir? ¿Cuando había estado nueve meses encerrada en mi vieja habitación? No; definitivamente no.

Dado que mi madre entendió el mensaje, comenzó a contarme una historia muy interesante sobre una niña.

- Había una vez - dijo – una pequeña salió de la panza de su madre. Sus padres vivían en Montevideo, por lo que ella también viviría allí sus próximos siete años. Allí iría a la Escuela Grecia, se armaría de muchos amigos, tendría una tortuga de mascota y sospechas de ser adoptada.

Luego que pasaron esos años donde la niña vivió en Montevideo, sus padres decidieron emigrar a México, ya que una crisis azotaba al país. Primero fueron ellos solos, por lo que a la niña la dejaron viviendo con su abuela, en un pequeño pueblo llamado Nueva Palmira, en el departamento de Colonia. A la niña le encantaba vivir con su abuela en aquel lugar tan libre, donde los niños podía andar en bicicleta, ir hasta el almacén de la esquina solos y por sobre todo andar descalzos.

Un día, sus padres volvieron para llevarla con ellos a Guadalajara, una ciudad de comida picante, acento extraño y siete millones de habitantes. Durante ocho meses aquella niña conoció lugares extraordinarios, se deslumbró con murales enormes y también tuvo miedo. Tuvo miedo del smog. Alguien le había dicho que en México había mucho smog, y cuando se acordaba tenía miedo de respirar contaminación.

Cuando la niña y sus padres volvieron a su país natal, se separaron. Su padre volvió a Montevideo, mientras la niña y su madre iban rumbo a Nueva Palmira. Allí la pequeña retomó sus estudios, conociendo otros nuevos amigos y otras nuevas costumbres. La niña siempre recuerda su primer día de escuela, cuando era el “bicho raro” y una compañera se acercó y en secreto le preguntó: ¿Cuál es el himno en Montevideo?

Poco tiempo después su madre volvió a viajar a México, y la niña entristeció. Pero tiempo después entendió que “lo que no mata, fortalece” , y la niña dejó de ser niña.

Cuando se percató había comenzado el liceo y se había transformado en adicta a Harry Potter. Le siguieron más libros, y entendió que le encanta la literatura. Más tarde descubrió su gusto por el cine y la música, por los abrazos y el teatro.

Cuando finalizó el liceo, la niña no tan niña, comunicó que quería comunicar. Entonces comenzó a estudiar Comunicación. Así fue que una profesora como tarea pidió una presentación sobre cada uno, y la niña no tan niña, comenzó: “El día en que nací no podía dormir”.

Eugenia Ladra.


jueves, 18 de marzo de 2010


Me dijeron que tenía que hacer un discurso, pero tengo un gran problema: no tengo nada para decir. Como no soy ni política ni alguien que acostumbre a dar discursos en público por diversión o profesión, tengo muy poca experiencia en este tema de la oralidad.

También me dijeron que debía comenzar con una introducción, que supongo que es ésta que estoy diciendo ahora. Ésta es la introducción. Y creo que la introducción tendría que ir terminando. La introducción terminó acá.

Esta parte vendría a ser el desarrollo de este discurso, aunque no se si llamarle asi, por que un discurso tendría que tener un tema determinado, y a este (no se como llamarlo, porque un discurso no es) es justamente eso lo que le falta. Convengamos que ya tiene una introducción y estamos en el desarrollo. Tampoco vamos tal mal. Pero me complica eso del tema. Un discurso sin nada para decir, es complicado.

Pensé en terminar el desarrollo acá, pero tiene que ser mas largo, sino va a parecer que no estoy diciendo nada. Y hacer un discurso para no decir nada no tiene mucho sentido.

Me pregunto que se cree la gente que habla en público y no tiene nada para decir, que parlotea mucho, pero no apunta a nada en concreto. Me revienta esa gente. Si no tienen nada para decir que se callen. O al menos que no sean tan atrevidos de hacer un discurso.

Por suerte ya aclaré que esto no es un discurso, si no me estaría contradiciendo. No es un discurso porque no tiene un tema.

No me parece nada mal que la gente hable sin tener algo especifico para decir. Peor sería que se queden callados. Las personas tienen que atreverse a expresarse, porque hay que tener en cuenta que no todos tienen algo para decir, y no podemos ser tan egoístas de pedir que no hablen a aquellos que no se les ocurra nada para contar. Hay que entender, no todos pueden. Hay que ser inteligente para hablar y encima comunicar algo.

Por mi parte, sigo escribiendo y sigo sin saber que decir. A veces siento que no digo nada, aunque quizás sea solo una impresión.

No se que piensan ustedes, pero cuando no hay nada para decir siento que el desarrollo del discurso se hace mas largo. Creo que el desarrollo podría ir terminando acá. Si, es lo mejor. El desarrollo termina ahora. Listo, ahora empezó el final. Esto es el comienzo del final. Acá está terminando el comienzo del final y está empezando el desarrollo del final. Es medio complicado, así que lo dejo por acá. No entiendan mal, el discurso no se termina, se termina la parte en que explico lo del final.

Me cuesta un poco hablar y no decir nada, no es ninguna pavada déjenme decirles, y menos cuando no se sabe que decir en público y solo se habla de eso: de que no hay nada para comunicar. Esto me hace cuestionar por qué elegí esta carrera, pero mejor no entrar en detalles porque ahí estaría diciendo algo y empecé este discurso (¿o cómo llamarlo?) con la idea de no decir nada, con la esperanza de que no supieran ni mas ni menos después de escucharme. Y creo que lo logré.

Eugenia Ladra.