jueves, 6 de agosto de 2009

Mi Emily..


Hace ya algún tiempo que no se ha levantado. Está inmóvil y con la misma ropa desde entonces: traje negro, camisa, corbata, medias desteñidas y algo rotas por sus uñas descuidadas.
Cuesta acercársele sin expresar muecas de asco. Su pelo está pegajoso y grasoso; se pueden ver pequeños insectos asomándose por su traje o por debajo de su cuerpo. Su piel está fría y áspera, como una piedra.
Está tieso.
Se abre la puerta; rechina. El ruido muere en el silencio de la noche. La casa está oscura, al igual que sus ojos.
Se acerca lentamente, con pasos suaves, como si no lo quisiera despertar. Destiende un poco la cama.
Él, quieto.
Ella se queda pensativa, admirándolo. Está hambrienta de su sexo, de su sabor a seco, de su olor repugnante. Lo mira, se acerca; lo vuelve a mirar deseando mezclar sus dedos con el cabello de aquel hombre. Un hilo de saliva se desliza lentamente por el aire hasta la sábana amarillenta. Se limpia con su lengua y siente su propio aliento de mosca.
Cierra los ojos. Le comienza a abrir la camisa más apresurada, más torpe. Sus manos se pierden entre su amplio pecho una vez más, cumpliendo los pasos de la ceremonia rutinaria. Sus uñas se clavan ferozmente en el cuello del hombre.
Gime.
Lo besa en la frente por última vez y camina tranquila hacia la puerta; dejando al muerto descansando en paz.


Eugenia Ladra.